miércoles, 26 de febrero de 2025

Llamando “Padre” a Dios

 Nota: Realmente el término “Padre” no lo aplicamos a Dios sino a sólo a la Primera Persona de la Santísima Trinidad.  Pero si uso “Primera Persona de la Santísima Trinidad” 30 o 40 veces a lo largo de esta entrada, se volverá ilegible. Por lo tanto usaré el término “Dios” para ganar mucho en legibilidad aunque pierda un poco en precisión.

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Desde hace 2000 años llamamos “Padre” a Dios. Pero en las últimas décadas ha habido grupos que le parece que esto es poco igualitario, que es machista, que es denigrar a la mujer y les molesta llamar a Dios “Padre”. Hace años me hablaron de una congregación de monjas que rezaba “Padre y Madre nuestro…”, he oído a sacerdotes decir que llamar a Dios “Padre” es una fase pasada que hay que superar y cosas así. Vamos a reflexionar sobre esto.

Empecemos por hacer notar lo obvio: ninguna palabra ni conjunto de palabras puede describir a Dios: Dios es más que cualquier cosa que podamos pensar o decir. Por lo tanto “Padre” no describe a Dios, ni “Creador”, ni ningún otro término. Pero aunque no lo describen, nos ayudan a entenderlo, a meterlo en nuestra cabeza y nuestro corazón. Y en este sentido algunas palabras son mejores que otras.

Llamamos a Dios “Padre” porque Cristo nos dijo que lo hiciéramos. Y esto debería poner fin a toda discusión: ¡no vamos a enmendarle la plana a Cristo! Pero, no. No es el fin. Por ejemplo, dicen que Cristo usó el término “Padre” porque la sociedad judía era patriarcal y ellos no iban a aceptar y no iban a entender el llamar a Dios “Madre”. O que si Cristo hubiera dado un enfoque femenino a Dios iba a perder seguidores. Cosas así he oído a menudo. Pero estos argumentos no se sostienen.

Cristo se enfrentó al poder: al Sanedrín, a los fariseos, a los escribas. ¿Por qué iba a tener miedo de enfrentarse al patriarcado? Y si el problema es que no lo entienden, se les explica por parábolas o lo que sea. O se deja para más tarde, como con el lavatorio de pies: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde» (Jn. 13, 7). O no se les explica, como en la Transfiguración.

En cuanto a perder seguidores, esto tampoco paró a Jesús. Tras el discurso eucarístico de Jn. 6, 25–59, donde explicaba que había que comer su carne y beber su sangre, la mayor parte de los que lo escuchaban se fueron y se quedó con los Doce y poco más. 

En resumen Jesús decía lo que debía decir y si eso le enfrentaba a poder, no se entendía o le hacía perder discípulos, pues así sea. No puede ser por eso que usara el término “Padre” y diera a Dios un enfoque masculino para adaptarse a la sociedad judía de su tiempo.

Pero además –y es lo que más me enciende– este tipo de argumentos implican que Cristo pensaba como lo haríamos nosotros: como hombres y no como Dios. Como si Cristo estuviera un día “devanándose los sesos” intentando encontrar una manera de explicar a sus discípulos cómo era Dios y de repente vio a un hombre con su hijo, se le encendiera una bombilla y se dijera «¡Padre e hijo! Esa es una buena analogía. Es lo que usaré.» Eso es cómo funciono yo, pero no cómo funciona Dios. 

Dios es omnisciente y omnipotente: antes de que existiera el hombre ya sabía que tendría que explicarle cuál era su esencia y la relación entre las personas de la Santísima Trinidad. Dios no busca a su alrededor a ver qué encuentra: Dios ha creado todo lo que hay a su alrededor. Lo lógico es pensar que si iba a usar algo para explicar cómo es nuestra relación con Dios, creara ese algo. Dios no tuvo que crear dos sexos: pudo ser sólo uno, o tres, o veintisiete. Ni tuvo que crear la familia y la figura del padre: en lso onsectos y peces no existe esta relación, e incluso en los mamíferos no hay familias ni relación padre-hijo. Hay manadas o clanes, y está la relación madre-hijo, pero en vez de padre hay un jefe de manada, o macho-alfa o similar. Dios creó a la familia y creó la relación padre-hijo específicamente para el hombre. 

Y esto nos lleva a la siguiente conclusión: no es que nuestra relación con Dios Padre da la casualidad que se parece a la relación de los hijos con el padre de familia. Es que el padre de familia se creó para que pudiéramos entender mejor nuestra relación con Dios Padre.

Estamos hablando de relaciones, no de esencias. Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Luego la mujer es tan semejante a Dios como el hombre. Y a veces en la Biblia se asemeja nuestra relación con Dios con una relación maternal, por ejemplo Is. 49, 15. Pero nuestra relación con Dios se parece más a la relación entre un padre y un hijo que a la relación entre una madre y un hijo. Y por eso el término que se nos dio para hablar con la Primera Persona de la Santísima Trinidad es “Padre” y no otra cosa. 

Y cuando necesitemos una Madre, ahí está la Virgen María.


miércoles, 19 de febrero de 2025

¿Sacrificio o vanidad?

 Por Reyes mi hijo me regaló el libro Así mueren los santos de Antonio María Sicari. En varios casos, por ejemplo los de los pastorcitos de Fátima Jacinta y Francisco Martos, ofrecieron su sufrimiento y su vida para la salvación de los pecadores. Esta no era una idea nueva para mí, hace tiempo escribí una entrada relacionada con ella, pero la lectura de la vida y muerte de estos santos me volvió a llenar de fervor. Ofrecí a Dios cualquier sufrimiento que me quisiera mandar para la salvación de los pecadores. Sí que mencioné que probablemente no estaba dispuesto a llegar al nivel de estos santos, pero que un sufrimiento “moderado” sí me parecía bien. Esto fue hace dos o tres semanas. Hace unos día me salieron unas ampollas, fui al médico y tengo herpes zóster.

Y empezaron las dudas: ¿era esta una enfermedad que Dios me enviaba por mi ofrecimiento o era un caso “natural” de caer enfermo? Porque si es el primer caso, soy un santo; pero en el segundo segundo caso, mi sufrimiento era inevitable y quizá “no contaba”, sería inútil. En cuanto empezaron las molestias y me dieron el diagnóstico ofrecí mis sufrimientos al Señor, pero con una duda en el fondo de mi cabeza de a ver si estaba haciendo el primo: porque si la enfermedad era natural, no era un sufrimiento que yo había escogido, y por lo tanto eran dolores y molestias que yo tenía que sufrir “sí o sí”, igual que cualquier otro enfermo. Es decir, que no había nada de heroico en mi sufrimiento. Y si es así, pues como que pierde la gracia.

Y vueltas y vueltas y vueltas en mi cabeza. Hasta que ayer me di cuenta de que mis pensamientos eran una  cuestión de vanidad: yo quería ser especial, que Dios me enviara de forma milagrosa una enfermedad. Que cambiara el mundo para complacerme. ¡Ay, la vanidad! Es una tentación constante que padezco.

A veces creo que tengo una visión “burocrática” del cielo: una petición u ofrecimiento no vale si no se hace en tiempo y forma y no es aprobada por el Consejo Celestial en sesión ordinaria. Y claro, a mí no me había llegado una copia sellada de la resolución del Consejo en la cual se me comunicaba la aprobación de mi ofrecimiento.

¿Qué más da si la enfermedad me ha venido por la voluntad activa de Dios o por su voluntad permisiva? Me ha llegado y ya está. Porque nada pasa sin que Dios lo permita: “¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. ” (Mt. 10, 29) Y mi sufrimiento no es que quede registrado en una base de datos celestial para su uso posterior si cabe, sino que Dios mismo lo ve y ve mi ofrecimiento y lo usará para la salvación de los pecadores. 

Mi soberbia me pide que Dios me demuestre que me ha oído y que acepta mi ofrecimiento. Mi fe me dice (o me debería de decir) que me ve, me oye y lo acepta. Claramente necesito menos soberbia y más fe…


martes, 5 de noviembre de 2024

No olvidemos lo sobrenatural: Adán y Eva

 Es doctrina de la Iglesia Católica que Adán y Eva existieron: fueron el primer hombre y la primera mujer. También es doctrina que todos descendemos de ellos y que cometieron el pecado original. Pero esto a muchos les suena a falso. No creen que existiera un primer hombre y una primera mujer, sino que Adán y Eva son unos seres alegóricos, de leyenda, que simplemente representan el inicio de la humanidad y que fueron inventados por el escritor del Génesis para contarnos la creación del hombre y la existencia del pecado de forma poética. Que los ateos tengan esta visión no es de extrañar. Lo preocupante es que muchos cristianos incurren en este error doctrinal, que se llama poligenismo.

Y es cierto que si pensamos en la aparición del hombre como un proceso natural, no existe un primer ser humano. Las especies se van formando de gradualmente, pasito a pasito, a lo largo de decenas de miles de años y no hay un primer individuo de la especie: cada individuo que nace es de la misma especie que sus progenitores. Luego la exigencia doctrinal de la existencia de Adán y Eva como los dos primeros individuos de la especie humana se presenta a veces como un ejemplo en el que la doctrina de la Iglesia contradice a la ciencia.

Y si la única visión del mundo que tienes es lo natural, es difícil superar esta contradicción. Pero si crees en Dios y en lo sobrenatural, no debiera haber problema alguno.  El que  muchos cristianos incurran en el error del poligenismo proviene de no entender qué es el hombre. Porque lo que diferencia a un hombre de cualquier otra criatura no son sus genes. Lo que diferencia la hombre de cualquier otra criatura es que posee alma. La diferencia no es natural, sino sobrenatural.

Y así desaparece cualquier contradicción. Evidentemente, no sé cómo apareció Adán, pero voy a dar un posible mecanismo que es correcto tanto biológica como teológicamente.

Digamos que había una especie de homínidos, que vivía en África y que contaba con unos cuantos miles de individuos. Dios convirtió uno de estos homínidos en hombre insuflándole un alma Este fue Adán. Genéticamente era como sus padres y hermanos. Pero sobrenaturalmente, no. Al tener alma también disponía de las potencias del alma: inteligencia, memoria y voluntad. El resto de la especie sólo tenía instinto y obedecía a su instinto. Adán, no. Adán era diferente. Adán era capaz de razonar. Adán era libre. Y se sintió sólo. Entonces Dios insufló alma a una hembra homínida y se convirtió en Eva, la primera mujer.

Adán y Eva, gracias a poseer almas,  no sólo tenían inteligencia, memoria y voluntad, sino también un conocimiento de Dios. Desgraciadamente decidieron usar su voluntad para desobedecer a Dios y cometieron el pecado original. Nótese que si Adán y Eva no existieron, sino que son sólo seres alegóricos, el pecado original no pudo suceder, y eso implica que el pecado es algo consustancial al hombre, es algo que Dios introdujo en nosotros. Y eso contradice la esencia de Dios.

Adán y Eva eran biológicamente indistinguibles del resto de los homínidos: eran de la misma especie. Pero eran esencialmente diferente de ellos: eran humanos porque tenían alma. 

Pero si Adán y Eva eran biológicamente sólo dos homínidos entre miles, ¿cómo es que son los padres de toda la especie humana? Tampoco es difícil de explicar. Empecemos por un caso muy simple.

Supongamos que no había miles de homínidos sino solo dos parejas: Adán y Eva, que eran humanos y Yago y Zoe que no lo eran. Les llamaremos la Generación 0. Adán y Eva tuvieron descendencia, como también la tuvieron Yago y Zoe. Esta es la Generación 1. La mitad de esta generación, los descendientes de Adán y Eva, también tenían alma y eran humanos, mientras que los de Yago y Zoe no tenían alma y eran homínidos. Pero eran todos de la misma especie biológica. Ahora digamos que en esta generación nunca se emparejaron hijos de los mismo padres. Por lo tanto los hijos de Adán y Eva se emparejaron con los hijos de Yago y Zoe. Sus descendientes forman la Generación 2. Y toda esta generación son descendientes de Adán y Eva y por lo tanto son todos humanos.

Si en vez de dos parejas son unas cuantas miles de parejas, se puede demostrar que pasará lo mismo, sólo que tardarán más generaciones. No muchas más, quizá una docena o dos. Además, como los humanos tienen claras ventajas evolutivas sobre los homínidos, la teoría de la evolución nos asegura que los homínidos acabarán por desaparecer.

Este no es el único mecanismo posible. Se me ocurren algunos y estoy seguro que hay muchos otros que ni siquiera se me pueden ocurrir. Pero eso no es lo importante. Lo importante es tener claro que la diferencia entre los hombres y cualquier otro ser vivo no es natural sino sobrenatural; no es por la existencia de unos genes, sino por la existencia del alma.

El alma es lo que hace que seamos seres humanos. Y el alma sólo la da Dios. Si vivimos eso, hemos avanzado mucho en el camino del cristianismo.


domingo, 22 de septiembre de 2024

Gracia de Dios

 Hace más de 30 años vi un episodio de Los Simpson del que recuerdo bien poco excepto una subtrama, que me quedó muy grabada. Por algún motivo (creo que una huelga) dejó de haber programación infantil en la TV. No habiendo televisión, los niños salieron a la calle y se pusieron a jugar. Y se lo pasaron muy bien: corrían, jugaban, reforzaban amistades, crecían en cuerpo y alma. Habían encontrado la felicidad. Pero entonces se acabó la huelga, volvió la programación infantil y los niños volvieron a sentarse y tumbarse en el sofá absorbiendo la nada que les venía de la pantalla, solos, con risas superficiales, abobados. El mensaje me quedó muy claro y se me quedó grabado para siempre: entre algo que es bueno para ti y algo cómodo, eliges lo cómodo. No es una cuestión de ignorancia: sabes que es bueno para ti. Tampoco es una cuestión de sufrimiento: lo disfrutas. Es igual: la comodidad gana.

Eso es algo que a todos nos pasa: comemos lo que sabemos que no nos conviene, pero que nos gusta; no salimos a pasear, aunque el día sea precioso; nos aburrimos delante de la televisión, pero no cogemos un libro que nos haría pasar un mejor rato y nos haría pensar. La comodidad gana.

Y esto es algo que he vivido también en mi vida como profesor: un buen sistema pedagógico debe cerrar las puertas a las salidas cómodas pero que llevan al fracaso y forzar al alumno a estudiar y trabajar. Hay estudios que lo muestran: si damos a los alumnos una salida cómoda, aunque sepan que es un camino que casi siempre acaba en el suspenso, demasiados alumnos lo cogerán.

Con nuestras almas pasa lo mismo: los santos, y Jesús mismo, nos advierten que el camino a la perdición es ancho y cómodo, mientras que el camino a la salvación pasa por la Cruz. Dada la naturaleza humana, no me sorprende que caigamos tan a menudo, que las tentaciones nos venzan tantas veces: la carne es débil.

Lo que me sorprende es otra cosa: que no vayamos todos bajando a tumba abierta por la autopista al infierno. Porque, a diferencia de lo que indicaba de los sistemas pedagógicos, nada ni nadie nos impide coger el camino a la perdición; nada ni nadie nos fuerza a abrazarnos a nuestra cruz de cada día. Si yo hubiera dado mis clases con el sistema pedagógico que Jesús nos ha dejado, mi porcentaje de aprobados sería muy cercana al 0.

Mirándome a mí: con lo mucho que me tiran mis concupiscencias, con lo comodón que soy, con los mensajes demoníacos con que me bombardea el mundo (¿os habéis fijado en los anuncios últimamente?), con lo fácil que es no pisar una iglesia ni hablar con un cura, ¿cómo es que sigo diariamente esforzándome por subir por el camino estrecho, pedregoso y empinado que lleva al cielo?

Sólo se me ocurre una respuesta: es por la gracia de Dios.

No hay una explicación natural. Sólo puede ser un motivo sobrenatural. Y ahora entiendo mejor la primera pregunta y respuesta del Catecismo que aprendí de niño: “¿Eres cristiano? Soy cristiano por la gracia de Dios”. No soy cristiano porque por mis padres o por la sociedad o por la catequesis o por nada de eso: soy cristiano por la gracia de Dios. Sólo la gracia de Dios me da la fuerza que necesito para ser cristiano.

A poco que miremos alrededor la pregunta que se nos ocurre es “¿Y todos estos no recibieron la gracia de Dios?” Sí, recibieron la gracia de Dios, pero no la aceptaron o no la pusieron a trabajar. Esto lo he leído de muchos santos: las gracias que recibimos de Dios hay que agradecerlas y ponerlas a trabajar. Y después pedir más y recibiremos más.

Es lo que se nos explica en la parábola de los talentos (Mt 25, 14-30; Lc 19, 12-27): recibes tus talentos, mucho o pocos, y si los pones a trabajar, se multiplican: el que tiene 5 talentos, acaba con 10; el que tiene 2, acaba con 4.  En cambio, si los escondes, los pierdes: “Quitadle su talento y dádselo al que tiene 10”. Y lo bueno es que es una inversión segura: un talento negociado, siempre crece.

A veces nos pensamos que Dios se oculta y nos gustaría que estuviera más presente.  Pero la verdad es que lo tenemos a nuestro lado en todo momento. Sin su ayuda constante nos sería imposible avanzar hacia el Reino. Su gracia está siempre a nuestra disposición, pero la hemos de desear, la hemos de aceptar y la debemos trabajar. Sólo así nos ayudará en nuestra salvación.


viernes, 30 de agosto de 2024

Expresiones que detesto: “Ser amigo de Jesús”

 En Primeras Comuniones, misas de niños, e incluso en confirmaciones he oído demasiado a menudo al sacerdote preguntar a los niños si quieren ser “amigos de Jesús”. La respuesta que me sale del alma cuando lo oigo es “No. Quiero ser su discípulo”. Le he cogido manía a lo de “ser amigo de Jesús”.

No es que sea malo querer ser amigo de Jesús. Sta. Teresa exhortaba a sus monjas a ser buenas amigas de Jesús y lamentaba que el buen Jesús tuviera tan pocos amigos. El problema que veo –y el motivo por el que no me gusta la expresión– es cómo se usa; cómo, en el fondo, aleja a los niños de Jesús. En particular, veo tres peligros.

  • Discípulos primero, amigos después. En el relato de la Última Cena del Evangelio según S. Juan, Jesús les dice a los apóstoles “Ya no os llamo siervos, […] a vosotros os llamo amigos”. Ser amigo de Jesús no es el primer paso, es el último. Primero hay que ser discípulo, hacer la voluntad de Dios. Y para saber lo que Dios quiere de nosotros, hay que saberse la Doctrina. No basta decir que hay que “ser bueno”, hay que saber qué significa eso. Ese es el camino para llegar a ser amigos de Jesús. Pero si miras los libros de catequesis de niños, de doctrina hay bien poco. Este es el primer peligro: si uno quiere llegar a amigo de Jesús sin pasar primero por ser discípulo suyo, acabará no siendo ni una cosa, ni otra.
  • Todo empieza en Cristo. Un segundo peligro es que se pone el énfasis en el fiel y no en Cristo. Ya escribí cómo esto se ve muy bien comparando los recordatorios actuales de Primeras Comuniones con los de hace años. Y no sólo es con los niños. Hace unos meses fui al bautizo, primera comunión y confirmación de una joven. Al final de la misa salieron algunos amigos de la joven que estaban muy contentos porque la joven “había decidido ser amiga de Jesús”. Tal y como lo contaban, de ella había partido la amistad. Ella era la protagonista. No es así: todo parte de Cristo. Dios te da la gracia del Bautismo, que tú puedes aceptar. Cristo te ofrece su amistad, que tú puedes aceptar. Y cualquier amistad que tú le des, procede que Él, y tú sólo la retornas. Nada sale de nosotros. Incluso todo el bien que hacemos no es nuestro, sino es gracia que Dios te da, que podemos aceptar o no. Nosotros somos siervos inútiles. Esta idea de que las cosas salen de nosotros roza la herejía del pelagianismo. Esta forma en la que se usa la amistad con Jesús, como si fuera una iniciativa nuestra, es dañina.
  • Amistad divina, no humana. El tercer peligro que veo es que usamos un concepto humano de amistad: Cristo deja de ser nuestro Maestro y se convierte en sólo nuestro colegui. Un amigo no te acusa, no te dice cosas feas, se convierte en cómplice de tus travesuras, tapa tus maldades. Esa no es la amistad de Cristo. Esto lo detalla Ulrich Lehner en su libro, Dios no mola. Pensemos que Cristo era amigo de los fariseos cuando les llamaba sepulcros blanqueados. Y esto se traslada a la vida adulta. Hace algún tiempo yo abría mi parroquia por las mañanas. Un día vino una mujer, de las de misa habitual. Vino en bicicleta. Dejó la bicicleta en el templo y se fue. No es que viniera a rezar y no quiso dejar la bicicleta en la calle, sino que usó la Casa de Dios como aparcamiento. Retiré la bicicleta a un cuartito, pues me dolía verla allí aparcada. Cuando volvió a recuperarla, se la di y aproveché para afearle su conducta. Me respondió que ella se llevaba muy bien con Jesús y que Él la dejaba hacer esas cosas. Vamos, que para ella la amistad con Jesús era una patente de corso que le permitía no ser respetuosa con la iglesia y posiblemente saltarse las normas que le viniera en gana. Esta es una idea de amistad que nos aleja de Jesús. Si queremos ser amigos de Él, no hacemos lo que a nosotros queremos. Jesús mismo lo dice: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”. 
Es una gran cosa ser amigo de Jesús. Pero ha de ser una amistad que empiece en Él, en sus mandamientos, en su voluntad, en la obediencia. Una “amistad” que parte de nosotros, que nos hace importantes, que nos hace cómplices y no discípulos, que nos permite saltarnos sus mandamientos, nos aleja de Él. Y mucho me temo que cuando se les dice a los niños y jóvenes que han de ser amigos de Jesús, piensan más en esto segundo que en lo primero.


domingo, 25 de agosto de 2024

Sumisión e importancia

 La segunda lectura de este Domingo (XXI del tiempo ordinario, ciclo B) es de la carta de S. Pablo a los Efesios y es la que da tantos dolores de cabeza a los sacerdotes en la homilía, sobre todo por la frase “Las mujeres [sed sumisas] a sus maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia”. 

Nuestro sacerdote, en la homilía, no rehuyó el tema, pero fue bastante previsible: que si hay que entender esto en el contexto histórico, que si debemos centrarnos en el mensaje fundamental y no en las formas, etc. Ese era mi forma de entender este texto en el pasado, pero ahora no. Como escribí en una entrada anterior, creo que la Biblia hay que entenderla de forma mucho más literal que interpretada. Esta forma interpretada y contextualizada no es lo que nos quiere decir Dios a través de S. Pablo en este fragmento, sino que es la forma en la que el Mundo entiende este texto.

Una visión mejor la obtenemos si leemos la encíclica sobre el matrimonio Casti Connubii, del Papa Pío XI. El número 10 parte de este texto de S. Pablo y nos dice que toda familia necesita de cabeza y corazón. La cabeza es el hombre, pero el corazón es la mujer. Ambos son imprescindibles: el marido para gobernar, la mujer para amar. Esta es una visión mucho más adecuada. Y puestos a comparar, que preferís, ¿una persona con cabeza y sin corazón o una persona con corazón y sin cabeza? Lo segundo, ¿verdad? Pues eso.

La cabeza no es más importante que el corazón, lo que es, es más visible. Y para el Mundo visibilidad es importancia. Pero para Dios, no: el más importante es el menor de todos, el servidor. 

Y no es sólo cuestión del papel de las mujeres en la sociedad. Pasa tamibén con los hombres: el importante es el Obispo, el Cardenal, el Papa. Tonterías.  Los grandes obispos, como S. Agustín o S. Pío X, no querían ser obispos: lucharon lo que pudieron para no serlo. S. Juan Mª Vianney ni siquiera quería ser cura de Ars: pidió mil veces a sus obispos que lo dejaran ir a un monasterio a vivir en soledad para hacer penitencia por sus pecados (nunca se lo concedieron). El ambicioso que quiere ser obispo es demasiado soberbio para este puesto. Probablemente será muy alabado por el Mundo, pero será un pésimo obispo.

Y en el fondo esto lo sabemos: si necesitamos oraciones, por ejemplo para una enfermedad seria, no se los pedimos a los obispos o cardenales, sino a las monjas de clausura, porque sabemos que ellas son escuchadas por Dios. (Si necesitáis oraciones de monjas de clausura podéis pedirlas en la página web de la Fundación deClausura, y ya puestos, hacer un donativo).

Cuando el Mundo pide importancia, pide alguien que salga en los medios o alguien que gane mucho dinero: busca a una persona visible. El importante para Dios es poco visible, como la Virgen. La búsqueda de importancia mundana lleva a la soberbia, la búsqueda de importancia ante Dios lleva a la humildad. No quieras ser visible, sé servidor. Lo que es mucho más difícil.

Si algún sacerdote lee esta entrada, le pediría que la próxima vez que comente este texto de la carta a los Efesios, se centre en esta idea: El importante para Dios es el servidor de todos y la buena esposa es muy importante porque es la gran servidora de la familia. 


lunes, 22 de julio de 2024

Argumentos cristianos, argumentos mundanos: El caso de la eutanasia

 Santo Tomás de Aquino, en la introducción a su Suma contra Gentiles, indica que al tratar de cuestiones teológicas y de moral con ateos o gente de otras religiones, no se deben utilizar argumentos cristianos. Por ejemplo, no se debe acudir a la Biblia, pues ellos no aceptan la autoridad de la Biblia, y nuestra evidencia carecería de peso, nuestro argumento sería poco convincente y fallaría. Y en esto coinciden los apologistas cristianos. Para argumentar con el Mundo, hay que usar argumentos mundanos: lógica, observaciones del mundo, psicología, etc. 

Pero a este argumento se le puede dar la vuelta: al argumentar con cristianos sobre cuestiones teológicas o de moral, no basta usar argumentos mundanos sino que se debe acudir a la Biblia, al Catecismo y a la Doctrina. No es sólo una cuestión de efectividad –para un cristiano la palabra de Dios o la Doctrina de la Iglesia es evidencia mucho más potente que evidencia psicológica, por ejemplo– sino que es más fundamental y grave: si no usamos la Biblia, la Doctrina, los escritos de santos, estamos diciendo en el fondo que no hay más argumentos que los mundanos, que Dios no tiene nada propio que decir y que la Iglesia tiene su opinión, pero nada más. Y por lo tanto, si escucho un argumento de un profesor de universidad y de un cardenal, como toda la evidencia que me dan ambos es puramente mundana y están en un plano de igualdad intelectual, pues me quedo con el que tenga más sentido o me guste más.

Y esto es lo que estoy viendo en general: el Vaticano, los obispos y muchos sacerdotes usan exclusivamente argumentos mundanos. Esto está bien si están argumentando con el Mundo, pero lo malo es que usan los mismos argumentos cuando están argumentando con cristianos. Son los argumentos que leo en Infocatólica y otros portales católicos. O en las homilías en misa. Y a veces la evidencia que usan o la lógica que usan es peor que el de los mundanos. Dan el mensaje que Dios no tiene nada que decir sobre estos temas, y ellos, poco. Como ejemplo, vamos a coger un caso, la eutanasia.

Los argumentos que he oído sobre la eutanasia a curas y obispos son que es una vergüenza que primen la eutanasia sobre los cuidados paliativos –esto me parece un error táctico que quizá comente en otra ocasión–, que los ancianos nos han cuidado a nosotros y que ahora es de muy egoísta que no les cuidemos a ellos, que lo que duele y hace pensar en la muerte a los que sufren no es el sufrimiento sino la soledad, que es el principio de una pendiente resbaladiza que puede dar lugar a matar a grupos indeseados, y cosas así. Todos estos son argumentos mundanos. Los únicos argumentos ligeramente cristianos, que he oído es que la vida es muy importante y nadie puede disponer de ella y que hay que ser misericordiosos con los débiles.

¿Qué echo de menos?¿Qué argumentos cristianos se pueden usar? Para empezar, que la vida no es nuestra, sino de Dios, y por lo tanto no podemos disponer de ella, ni siquiera de la nuestra. Solicitar tu eutanasia no te salva, sino que te condena. Si Dios te envía esta enfermedad y estos sufrimientos, es para tu salvación, y probablemente también la de tus seres queridos.

También nos podría explicar la Doctrina cristiana sobre el sufrimiento. El que Cristo –Dios mismo– vio necesario sufrir, nos indica que hay una dimensión sagrada en el sufrimiento; que el sufrimiento nos acerca a Cristo, a su Cruz, y por lo tanto a la salvación; que el sufrimiento ayuda a purgar y purificar nuestras almas; que ofreciendo nuestro sufrimiento a Dios, ayudamos en su misión redentora del mundo (Col 1, 24). En conclusión: que el sufrimiento no es algo a evitar a toda costa, y por lo tanto la muerte no es una “solución”.

Nos podrían explicar que cuidar de padres y enfermos te ayuda. Yo he tenido que cuidar de mi padre impedido y de mi suegro y estoy cuidando a mi madre senil y a mi suegra anciana, que vive en casa. Y cuando oigo palabras de conmiseración ante mi suerte, les contesto que cuidar a mis padres es un don de Dios. Y los que han tenido que cuidar de los suyos, por mal que lo hayan pasado, me suelen dar la razón. Mi vida es más cercana a Dios por haber cuidado de los enfermos y débiles.

Y también debe decirse que matar a alguien por ser anciano o enfermo no es misericordioso. Todo lo contrario: es un crimen que Dios aborrece especialmente. Y como dice la carta de Santiago “el juicio será sin misericordia para quien no practicó la misericordia” (Sant 2, 13). Cualquiera que participe en una eutanasia, ya sea el médico, la familia y amigos que ayudan a convencer al enfermo, los políticos que votan a favor la ley que lo permite o incluso los que defienden este “derecho”, cometen un pecado especialmente grave y ponen en serio peligro su alma. Dejan de estar en gracia de Dios y han entrado en la autopista al infierno. Y como no están en gracia de Dios, no pueden acudir a los sacramentos –excepto, naturalmente, el de la confesión–.

Que los obispos y sacerdotes no usen estos y otros argumentos cristianos para atacar la eutanasia y otras cuestiones morales debilita su argumentación. La debilita ante los cristianos que no ven una dimensión sagrada a las cuestiones morales y acaban por creer que el cristianismo no es más que “un deísmo moralista y terapéutico”. Y también la debilita ante los ateos, que concluyen que el cristianismo es una cosa del pasado y que ahora es una mera filosofía sin más fuerza moral que la que tienen ellos. Y les confirma en su idea que que ellos tienen la capacidad, o incluso el deber, de modelar la sociedad a su gusto. 

Y así no vamos bien.