domingo, 31 de diciembre de 2023

Expresiones que detesto. “Que tengamos salud que es lo más importante”

Hay algunas expresiones que se usan a menudo y que detesto. La de hoy tiene muchas variantes, siendo una de las más habituales “Que tengamos salud que es lo más importante”. No es que la deteste siempre. Si me la dice un ateo, me parece de lo más natural. Pero cuando me la dice una persona de iglesia, me repatea. Suelo contestar “No. Lo más importante es estar en gracia de Dios”. Algunos dicen “Ay sí, tienes razón”, otros te miran sin entender. Pero incluso los que te dicen que tienes razón, la próxima vez repetirán “Y que tengamos salud, que es lo más importante”. Vamos, que no se creen eso de la gracia de Dios.

No es que me extrañe la expresión en este mundo tan profundamente materialista en el que vivimos. Desgraciadamente, hasta la Iglesia se ha convertido en materialista. Yo recuerdo bien la sociedad de hace 50–55 años. Comparado con entonces, vivimos muy bien. Materialmente, todos tenemos suficiente. Hasta los pobres. Pero espiritualmente, somos indigentes. Nuestras almas viven en una hambruna espantosa. Pues en las homilías se habla mucho de la pobreza material y prácticamente nada de la indigencia espiritual. Muchas veces pienso que Satanás debe estar frotándose las manos: le llegan muchísimas almas, y además, gorditas.

No me extrañaría que los que piden por salud se crean que no son materialistas, pues no piden dinero, ni riquezas. Pero el materialismo no es lo mismo que la avaricia. El materialismo es dar más importancia a lo material que a lo espiritual. Por lo tanto pedir salud en vez de dinero no es avaricioso, pero es igual de materialista.

Sólo he encontrado una persona que realmente me entendió cuando dije lo de la gracia de Dios. Me comentó que hacía un año tuvo piedras en el riñón, con complicaciones adicionales y estuvo ingresado varios días en un hospital. Resultó ser un hospital de los franciscanos y tenía en su habitación una cruz de San Francisco. Un día se dio cuenta que por muy amables que fueran los médicos y las enfermeras, el único que realmente le acompañaba era el Cristo crucificado, acompañándole en su dolor. Estaban Cristo y él juntos, ambos sufriendo. No me lo dijo con palabras, pero claramente se veía que esta experiencia le había cambiado su vida. Fue en la enfermedad y el dolor donde volvió a vivir su alma.

Yo, gracias a Dios, no he tenido que pasar por ninguna enfermedad grave. Pero he vivido años en pecado mortal y con mi alma moribunda. Caes y en el momento no te das cuenta, pero ahora que he vuelto a la gracia de Dios, aseguro que no quiero volver a caer. Por nada. Prefiero mil veces el dolor y la enfermedad. No necesitamos más hospitales y más medicamentos. Lo que necesitamos es más confesionarios.

La salud está bien, pero no es lo más importante. Lo más importante es la gracia de Dios.

domingo, 24 de diciembre de 2023

Expresiones que detesto. “Cumplimiento: cumplo y miento”

Hay algunas expresiones que se usan a menudo y que detesto. Una de ellas es la de la entrada de hoy: Cumplimiento: cumplo y miento. Era más popular hace 20 o 30 años que ahora –gracias a Dios–, pero sigo oyéndola de cuando en cuando. A ver si explico por qué me pongo de tan mal humor cada vez que la oigo.

La intención de la expresión es clara: va contra la hipocresía que puede acompañar al cumplimiento sin devoción. Jesús mismo condena esta hipocresía, por ejemplo en el Sermón de la Montaña (Mt, cap. 6), donde indica que los que ayunan u oran para ser vistos por los hombres “ya han recibido su recompensa”. Es decir, esta oración o ayuno no llega a Dios. Hemos de estar prevenidos ante esta tentación y estar seguros que nuestras acciones son actos de piedad y no de soberbia, para gloria de Dios y no para nuestra vanagloria. 

Pero cumplir los mandamientos de Dios y de su esposa la Iglesia no es algo opcional. Estar cerca de Dios exige cumplir sus mandamientos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.” (Jn. 14, 15). La respuesta ante este argumento suele ser “Pero hay que guardarlos porque crees en ellos, no solamente por cumplir”. Y aquí es donde aparece la perversión de esta expresión. Una perversión que muestra varias vertientes.

La primera es una falta de confianza en Dios. Dios, que es omnisciente, que te ha creado y te conoce mejor que tú mismo, y te quiere como un Padre, te dice que por tu bien debes cumplir sus mandamientos. El no cumplirlos significa que no crees que Dios quiere tu bien, o que te conoce, o que sabe lo que te conviene. ¿Por qué tienes que cumplir los mandamientos? Porque Dios, que es Dios y es tu Padre, te lo manda. No debiéramos necesitar de otro argumento.

La segunda vertiente de perversión es que esta actitud te aleja del cumplir jamás los mandamientos. Digamos que uno decide no ir a Misa porque no la entiende, no le dice nada. Queda sin decir, pero se supone, que, cuando la entienda, irá. Pero si no va, ¿cómo la va a entender en el futuro? Esta expresión no es un llamamiento a la mejora, sino a la inacción. 

La tercera vertiente de perversión es una de soberbia: yo soy el que últimamente decide qué mandamientos cumplir o no. Me estoy poniendo a la altura de Dios: “Tú me das unos mandamientos, yo me los estudio y después podemos negociar de igual a igual cuáles cumplo”. Es el pecado original. La serpiente nos está diciendo lo que le dijo a Eva: “Seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal” (Gn. 3, 5).

La cuarta vertiente es la más insidiosa: viste esta falta de confianza, inmovilismo y soberbia en una apariencia de sabiduría y razón: no se cumple por cumplir, como hacen la gente sin instrucción, sino que se discierne. ¡Ay cuánta razón tenía Cristo cuando dijo que estas cosas estaban ocultas a los sabios y entendidos y había sido revelada a los humildes y sencillos! (Mt. 11, 25).

Es mejor cumplir por devoción que por obediencia. Además es más fácil. Pero no cumplir porque “no lo entiendo” o “no lo siento” no es señal de madurez o autenticidad sino de soberbia. Cumple los mandatos de Dios dados en la Biblia o a través de la Iglesia. Los entiendas o no. Hazlo por amor y obediencia. Ese es el camino al cielo.


miércoles, 20 de diciembre de 2023

No es el Papa. Soy yo.

El papado de Francisco es controvertido. Eso lo sabemos todos. En particular en estos días tras la publicación de la declaración Fiducia Supplicans, sobre la bendición de parejas homosexuales o que conviven sin estar casados, ha habido una avalancha de escritos ya sea dando vivas o mostrando su desolación ante lo que hace el Vaticano. 

Yo estoy entre los desolados. Es duro luchar contra el Mundo, que empuja sin parar alejándote de tu salvación. Más duro es cuando no tienes apoyo desde la jerarquía. Y doble si los golpes vienen también de dentro. Te sientes como oveja sin pastor y con los lobos no sólo fuera, sino también dentro del redil.

Cuando esto pasa no hemos de olvidar que nuestra salvación no viene de Roma, sino del Cielo. Como ya escribí hace años, si Roma te confunde, no escuches. Pon los ojos en Jesucristo, no en el Papa. Esa es la primera parte, pero hay una segunda: los problemas no vienen de Roma, sino de todos nosotros. No es el Papa, soy yo.

Yo viví la muy católica España de los 60. Y el entusiasmo post concilio de los 70. Y el desmorone de los 80. Y la desolación actual. Mi observación es que una Iglesia sólida no se desmorona tan rápido. Luego lo que había en los 60 y 70 era buena pintura, pero con una base en mal estado. Y lo mismo con los papados. ¡Qué grandes papados con S. Juan Pablo II y Benedicto XVI! ¿Y 5 años después no queda nada? No eran tan grandes.

El poder de la Iglesia no viene de los papas y de los obispos. Viene de la santidad de sus fieles. Y no somos santos. Estamos muy lejos de ser santos. El Mundo ha seducido a los Obispos, pero también nos ha seducido a nosotros. Necesitamos la guía del Obispo, pero él necesita de nuestro apoyo y oraciones. Como dijo una vez San Josemaría Escrivá de Balaguer cuando algunos se le quejaron: “¿Que no tenéis buenos sacerdotes? Eso es que rezáis poco por ellos.”

Y por este camino van unas declaraciones recientes Cardenal Burke, que ha sido tan maltratado por Roma. Nos dice que el camino de la santidad es la respuesta a los problemas de la Iglesia.

Podríamos decir que en la Iglesia sólo ha habido un problema que se ha manifestado a lo largo de los siglos con diferentes síntomas. El problema es que nos hemos alejado de Dios. Nosotros. No el Papa, los obispos o los curas. Nosotros. Y por lo tanto la solución es evidente: hemos de volver a Dios. Nosotros. Es mucho más fácil si tenemos un papa, obispos y sacerdotes que nos acompañan y nos guían, pero no son estos los tiempos actuales. Lo tenemos que hacer heroicamente. Dios nos ha escogido uno a uno y nos ha puesto en este mundo para ser héroes. 

¿Y qué hemos de hacer? Pues lo que está prescrito para estas ocasiones: Oración, Sacramentos y Penitencia. Volver  los fundamentos: Ve a misa; confiésate a menudo; reza cada día, en particular por la Iglesia, el Papa y tu Obispo; ayuna y mortifícate; lee la Biblia cada día; estudia el catecismo. Quizá pienses que es una lista larga y no tienes tiempo para hacer todo esto. ¿Tienes algo más importante que hacer? ¿Hay algo más importante que salvar a la Iglesia? No hay nada más importante que puedas hacer. Quítate de la televisión, de YouTube, del móvil y verás que tienes tiempo. Quítate del sueño si es necesario. La Iglesia te necesita. A ti.

Y ten paciencia, que esto va para largo.

domingo, 3 de diciembre de 2023

Matarratas

Hace unos días leí en Crisis Magazine un artículo de Austin Ruse (autor que me gusta mucho) titulado Appealing but  deadly, (Atractivo, pero mortal). En él expone que, en este mundo que es tan enemigo del Cristianismo, podemos encontrar gran consuelo en ciertas personas que defienden valores esenciales cristianos. Pero nos advierte que debemos ir con cuidado, pues junto con estos valores cristianos defienden otros que no lo son, como por ejemplo las uniones homosexuales. Ruse califica este alimento intelectual que nos ofrecen como matarratas, pues es de apariencia agradable y nos lo tragamos con gusto, sin darnos cuenta del veneno que ingerimos, y que a la larga nos matará. Lo mismo que el matarratas, que está diseñado para que las ratas se lo traguen con gusto, y que les mate luego.

Este artículo me dio que pensar. Me di cuenta que la doctrina católica no es una serie de normas, sino un todo. No puedes escoger las normas que te parecen bien y desdeñar las que no: eso es matarratas y conduce a la muerte del alma. Lo sé por experiencia. El único camino de vida es aceptar toda la doctrina: te parezca bien o te parezca anticuada, te sea fácil o te cueste. Toda. Nuestro objetivo es ser perfectos, como el padre celestial (Mt 5, 48).

Es importante distinguir entre fallar en el cumplimiento de una norma y desdeñar la norma. Todos fallamos. Eso lo sabe Dios y es parte integral del catolicismo: para eso está el sacramento de la Penitencia, por ejemplo. Desdeñar la norma es lo que lleva a la muerte. Como dice Cristo “El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos” (Mt 5, 9). No habla del que cae por debilidad, sino del que no cree en el precepto. Ese es el peligro.

¿Y cuáles son esos preceptos que hay que seguir? Los de la doctrina católica y que están recogidos en el catecismo (Técnicamente no es exactamente así, pero para casi todos los casos es una explicación adecuada). Esto implica que la Doctrina es algo que tenemos la obligación de estudiar. No leerse o mirar un video. Estudiar. No basta saber más o menos de qué va. Hay que saberlo con precisión. Por ejemplo, ¿qué es un sacramento? Mucho me temo que la mayoría, sobre todo los de menos de 50 años, tendrían dificultades en responder a esta pregunta más allá de algunas vaguedades. No sabrían decir “es un signo sensible, instituido por Jesucristo, para darnos la gracia” (Catecismo Nacional, primer grado) o “Un signo sensible y eficaz de la gracia, instituido por Jesucristo para santificar nuestras almas” (Catecismo Mayor de S. Pio X).

Es fácil –aunque trabajoso– estudiar los catecismos clásicos, como el de S. Pío X, los catecismos  nacionales o el Astete y el Ripalda, incluso el Compendio, con su estructura de preguntas y respuestas. En cambio los catecismos modernos, como el You Cat, son vaporosos e inestudiables. Te cuentan cosas, pero sin nada a dónde agarrarte: ¿Cómo se puede estudiar una sección con el título “Una idea genial para una peli”?

La doctrina cristiana, que es “la que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo para enseñarnos el camino del cielo” (Cat. Nacional, 1er grado, pregunta 6), es nuestra protección contra los matarratas que nos lanza el Mundo. Es peligroso coger como referentes a las personas que están saliendo y que parece que “están de nuestra parte”, pero que no son Católicos o cristianos. Sólo Cristo puede ser nuestro referente. Cualquier cosa que se desvíe de sus enseñanzas es veneno. Y para poder diferenciar entre comida y veneno, hemos de estudiar nuestra doctrina.

miércoles, 22 de noviembre de 2023

Miedo y esperanza

Imaginemos un hombre ateo. Ateo convencido. No cree que exista un dios, ni que tenga un alma, no cree que haya nada más allá de este mundo físico en el que vivimos. Pero es admirador de Jesús de Nazaret. Le gusta leer la Biblia, por la sabiduría encerrada en ella e incluso lee algún documento sobre doctrina católica por el mismo motivo. Jesús de Nazaret para él no es Dios –cree que no hay dios–, sino un hombre sabio y gran maestro.    Es obvio que, a pesar de su admiración por Jesús y sus seguidores a través de los siglos, este hombre no siente ninguna necesidad de la Iglesia de la misma manera que ningún admirador de Sócrates siente necesidad de una religión. En el caso de la Iglesia Católica la misa y los sacramentos son en propia esencia manifestaciones sobrenaturales, y si rechazas lo sobrenatural, se convierten en puras supersticiones. Como he dicho, esto es obvio para todos.

Pero hay otro caso que a mi me parece igualmente obvio, aunque mucha gente –desde laicos a sacerdotes y obispos– no ven la obviedad. Consideremos un hombre que cree en Dios y en Jesucristo como Hijo de Dios. Digamos incluso que está bautizado y se considera católico. Pero cree que todo el mundo va al cielo. El infierno, si existe, está vacío. Este hombre tampoco siente ninguna necesidad de la Iglesia. Si haga lo que haga, va a ir al cielo –sin pasar siquiera por el purgatorio– no necesita misas, ni la confesión, ni la comunión, ni nada. Sí, puede sentir la necesidad de dar gracias a Dios en momentos alegres o de hacerle alguna petición en momentos angustiosos, pero eso, aunque reconozcamos la conveniencia de tener la atmósfera de recogimiento que existe en las iglesias, lo puede hacer en cualquier sitio. Y lo mismo se puede decir de pagar los respetos a un difunto y acompañar a la familia, celebrar un nacimiento o la entrada en la edad de la razón de un niño. Una manera conveniente de hacerlo es ir al funeral, al bautizo o a la primera comunión, pero no es necesario. Si tu alma va a ir al cielo sí o sí, estás en la misma posición que el ateo en lo que respecta a la Iglesia: la misa y los sacramentos no son necesarios. No los considera supersticiones, pero sí algo más parecido a manifestaciones culturales, ocasiones para sentirse en comunidad, y poco más. Para mí esto es claro, clarísimo, obvio. Y me asombra que para muchos otros no lo es.

En resumen, un ateo, aunque sea admirador de las Enseñanzas de Jesús de Nazaret, no siente necesidad alguna de la Iglesia; un católico que cree que todos ya estamos salvados, aunque le pueda ser útil como atmósfera espiritual o para celebrar ocasiones con la familia y amigos, tampoco siente necesidad alguna de la Iglesia; sólo aquel que tiene claro que el cielo no es seguro, que trabaja por su salvación con temor y temblor (Flp 2, 12), siente necesidad de la misa, de los sacramentos y de la guía de la Iglesia.

Pero supongamos que el que tiene razón es el que cree que todos estamos salvados, y por lo tanto que no hace falta ir a misa, ni confesarse, ni siquiera estar bautizado (recordemos el misionero en la Amazonia que declaraba con orgullo que él jamás había bautizado a nadie). Pero entonces, ¿por qué tenemos los sacramentos? Y recordemos que fue Cristo mismo quien instituyó los sacramentos. ¿Por qué ordenó bautizar a todos los hombres (Mt 28, 19)?¿Por qué nos mandó celebrar la Eucaristía en memoria suya (Lc 22, 19)?¿Por qué dio a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados (Jn 20, 23)?  No. No puede ser que tengan razón.

Y si no la tienen, quiere decir que debemos trabajar por nuestra salvación y que no estar bautizado y confirmado, no ir a misa semanal, no confesarnos con frecuencia, vivir maritalmente sin estar casados es no avanzar en nuestra salvación. Es ponernos en peligro de condenación eterna.

Este lenguaje es “anticuado” y ya no se usa. ”Es que no hay que hacer las cosas por miedo, sino por amor” te dicen. Y es cierto: el objetivo es actuar en todo momento por amor a Dios. Pero es el objetivo, el punto de llegada, no el punto de partida. Al menos no para muchos. Al menos no para mí. El miedo al castigo es motivador y puede ser un buen punto de partida. Jesucristo mismo habla a menudo del castigo, del “llanto y rechinar de dientes”. No es vivir en un miedo permanente, sino usar el miedo, el poderoso miedo, como punto de partida o como aguijón en los momentos de pereza espiritual. 

Esto está recogido en el Catecismo de la Iglesia Católica. Ante el pecado, lo que buscamos es la contrición perfecta, que “brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas” (núm. 1452). Pero a falta de esto, podemos recurrir a la contrición imperfecta, que viene del temor al castigo. No es lo ideal, pero “puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental”. 

El miedo y la esperanza son dos “herramientas” que usamos para nuestra salvación. La esperanza es una virtud teologal por la que ponemos nuestra vista en el cielo y sabemos, que a pesar de todos nuestros fallos, alcanzar el cielo es posible. El miedo al infierno no es una virtud, pero es gran motivador para los inicios y los momentos de pereza.  Son inseparables: si no hay posibilidad del infierno, tampoco hay necesidad de la esperanza.  Debemos usar ambas con mesura: ni el miedo debe ser tan grande que perdamos la esperanza y nos paralice, ni tan escaso que nos lleve a la indiferencia, y de ahí al ateísmo.

El miedo al castigo es un modo imperfecto de actuar, pero es un modo. No es el objetivo, pero es un punto de partida. No es una virtud, pero nos lleva hacia ella. Usar sólo el miedo es un error, pero eliminarlo completamente, también. 


miércoles, 8 de noviembre de 2023

Dios no usa reloj

En griego antiguo hay dos palabras para el tiempo: chronos y kairos. Chronos es el tiempo físico, el que se mide con un reloj: meses, horas, segundos. Kairos, en cambio, es el tiempo que no se puede medir: el de las cosas que suceden cuando llega su momento. Lo que va con chronos se puede predecir –el tren llegará a las 14:45– pero lo que va con kairos, no: la rosa florecerá cuando llegue su momento. En la Biblia vemos que Dios va con kairos y no con chronos.

Lo podemos ver en todas partes. Por ejemplo en el Evangelio de ayer (Lc 14, 15–24) leemos “Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; cuando llegó la hora del banquete mandó a su criado a avisar a los convidados…”. En otros pasajes comenta sobre la impredecibilidad del tiempo “Velad, porque no sabéis el día ni la hora”. Podemos decir que kairos es el tiempo de Dios.

Una consecuencia es que las cosas toman su tiempo La Virgen y S. José estuvieron 3 días buscando al niño. Cristo mismo pasó 30 años de vida oculta. Cuando le dijeron que su amigo Lázaro estaba enfermo, esperó unos días antes de ir. No resucitó hasta el tercer día. 

Y lo mismo después de resucitado. Yo me imagino que los Apóstoles, tras la resurrección, pensaban que llegaría la plenitud del Reino o pasaría algo grande. No parece que pasara nada durante los 40 días hasta la Ascensión. Y después hubo que esperar 10 días a la llegada del Espíritu Santo. Pocas cosas suceden inmediatamente. Hay que saber tener paciencia y esperar.

Jesús mismo nos advierte de esto en muchas ocasiones. En muchas parábolas hay que esperar al amo o al esposo. Y tenemos que velar y perseverar pues no sabemos cuándo vendrá. Esto es difícil para nosotros que vivimos en el chronos. Y quizá más ahora, que medimos el tiempo en segundos con nuestros relojes digitales, que años atrás que lo medían en horas, con el sol. 

Y aunque quizá es más difícil ahora, siempre ha sido difícil. Lo leemos en la segunda carta de S. Pedro. En el último capítulo explica que el Dios no mide el tiempo con un reloj: “Mas no olvidéis una cosa, queridos míos, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día” y da una razón de por qué es así:  “El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión”. Nos recuerda que “la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación” y nos advierte “ya que estáis prevenidos, estad en guardia para que no os arrastre el error de esa gente sin principios ni decaiga vuestra firmeza”. Tener paciencia y esperar es una virtud fundamental del cristiano. Como decía Sta. Teresa, “la paciencia todo lo alcanza”.

Somos impacientes. Rezamos y si a los dos o tres días no vemos un cambio, empezamos a dudar de que rezar sirva de nada. ¡Qué falta de fe!: Dios responde siempre, pero a su tiempo. Quizá ahora no es el momento y te responderá más adelante. O quizá quiera ver si realmente te importa lo que pides y estás dispuesto a seguir rezando durante meses o durante años (recordemos la parábola del juez injusto). O quizá no veas los resultados: quién sabe si el resurgir de la Iglesia en África es debido a las oraciones de los desolados europeos. Lo que estamos seguros es que si pedimos, se nos dará.

Paciencia, perseverancia y fe. Con eso, todo se consigue.


domingo, 5 de noviembre de 2023

No amó tanto la vida que temiera la muerte

Hace unos días fue Todos los Santos/Fieles Difuntos (me gusta considerarlos como un par indivisible). Fui al cementerio –precioso, tan lleno de flores–, recordé a mis familiares difuntos y recé por ellos, y reflexioné sobre mi propio fin. A veces he oído decir que los cristianos pensamos mucho en la muerte. Y lo dicen como si fuera algo malo. Todo lo contrario, pensar en la muerte, tener presente tu muerte, ayuda a vivir mejor y de forma más plena.

Quizá fuera casualidad, pero justo el día de Todos los Santos vi un video de una conferencia (en inglés) de Konstantin Kisin, un humorista-filósofo-bloguero de YouTube.  Hacia el minuto 9 habla de Cristóbal Colón y cómo se embarcaron en un viaje hacia la muerte segura. Lo hicieron no porque fueran especialmente valientes, sino porque sabían algo que ahora hemos olvidado: toda muerte es segura. Y acaba su conferencia diciendo

Dejadme que lo repita: toda muerte es segura. No podemos elegir si vivimos o morimos. Sólo podemos elegir si vivimos antes de morir.

Esta sería la visión secular. La visión cristiana es más completa y profunda. 

Un cristiano no teme a la muerte. Teme morir, que es un instinto que nos protege, pero no teme al más allá. Mejor dicho, no teme al más allá si ha vivido como Dios nos manda. Si hemos vivido muriéndonos a nosotros mismos y acercándonos a Dios, la muerte es sólo el último paso en nuestro acceso al Cielo. Es la continuación de lo que hemos estado haciendo en vida.

Por eso, vivir preparándonos para la muerte no es aterrador y paralizante. Todo lo contrario: nos da un objetivo, nos muestra el camino y nos tranquiliza. Queremos vivir una buena vida y tener una buena muerte. Curiosamente, ambas cosas son lo mismo: Si vivimos una buena vida, tendremos una buena muerte y si buscamos una buena muerte, viviremos una buena vida. Una gran libro que nos muestra esto es Preparación para la muerte de S. Alfonso María de Ligorio. Son 36 meditaciones que, preparándote para tu muerte, te llevan a una vida plena. 

Debiéramos leer este libro, u otros similares como El arte de bien morir, de S. Roberto Belarmino,  al menos una vez en la vida. Y completarlo con alguna devoción, como las Tres Avemarías, para pedir una buena muerte. Esto nos ayuda a vivir con una buena guía, de forma completa, y no tener miedo a la muerte cuando nos llegue la hora. (Si alguno piensa que una buena muerte se consigue con una buena sedación, le recomiendo que lea mi entrada sobre el tema: Consciente hasta la muerte).

Es iluminador ver el contraste de vivir de esta manera a la vida que llevan los que no quieren pensar en la muerte: viven muy apegados al mundo y le tienen miedo, no sólo a la muerte, sino a todo. Perder cualquier cosa –una posición, dinero, una discusión– es una tragedia. No sé si todos, pero algunos que conozco son además muy vanidosos: las apariencias ante el mundo son fundamentales, viven para ellas y el qué dirán.

Son también muy manipulables: el terror a la muerte lo marca todo y, usando este miedo, les puedes restringir la libertad, que no les importa. Lo hemos visto claramente durante el tiempo del coronavirus y lo seguimos viendo hoy. Los que mandan –gobernantes, empresas, instituciones–  pueden hacer lo que quieran siempre que digan que lo hacen “por tu seguridad”. La muerte reduce tus miedos y por eso te libera. Como Séneca le dijo a Nerón: “Tu poder radica en mi miedo; ya no tengo miedo, tú ya no tienes poder”.

Los cristianos no debemos tener miedo a la muerte. Cristo mismo murió y resucitó, luego “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?” (1 Cor. 15, 55).  Si hemos vivido bien, la muerte nonos asusta, sino que sabemos que es el último paso hacia la Vida Eterna. Por eso, el tener nuestra muerte presente nos ayuda a vivir bien, nos libera del miedo y nos cimienta sobre roca. En cambio, apartar la muerte de nuestros pensamientos nos apega al Mundo y nos llena de temor.

Vivimos en un tiempo en el que hay que decir estas cosas, pero no son nuevas. Como suele pasar, un poema lo explica mejor y en menos palabras, como hace Jorge Manrique en las Coplas a la Muerte de su padre:

Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nascemos,
andamos cuando vivimos,
y allegamos
al tiempo que fenescemos;
así que, cuando morimos,
descansamos.