miércoles, 12 de marzo de 2025

La solución ninivita

 La primera lectura de la misa de hoy (miércoles de la primera semana de cuaresma) es de uno de mis libros favoritos de la Biblia: el libro de Jonás. En la lectura de hoy, ante el anuncio de que Dios iba a destruir Nínive, el rey decreta:

«Que hombres y animales, ganado mayor y menor no coman nada; que no pasten ni beban agua. Que hombres y animales se cubran con rudo sayal e invoquen a Dios con ardor. Que cada cual se convierta de su mal camino y abandone la violencia. ¡Quién sabe si Dios cambiará y se compadecerá, se arrepentirá de su violenta ira y no nos destruirá!»

Y Dios, viendo su comportamiento y cómo se habían desviado del mal camino, no les destruye.

Qué diferente es esta “solución ninivita” a las soluciones que intenta la Iglesia hoy ante el problema que padece. ¿Que los seminarios están vacíos? Hacemos jornadas de esto o aquello o se pagan “sueldos” a los seminaristas. Los seminarios siguen vacíos. ¿Que las iglesias están vacías? Se montan coros infantiles para que vengan los niños acompañados de sus padres o se pone la Misa del Gallo a las 7 de la tarde, para que no interfiera con la cena de Nochebuena. Las iglesias siguen vacías. ¿Que la influencia de la Iglesia ha disminuido? Se fundan emisoras de radio y televisión y se da más empaque a la Conferencia Episcopal, como si fuera un poder. La influencia sigue disminuyendo. Y así todo.

Uno de los motivos por los que todas estas soluciones no funcionan –y no pueden funcionar– es que se ataca al síntoma y no al problema. Que los templos y los seminarios estén vacíos, o que la Iglesia sea un cero a la izquierda para la sociedad son sólo síntomas. El problema es otro. Y sólo puede ser uno: nos hemos alejado de Dios. Todos estos síntomas desaparecerán cuando volvamos a Dios, y no antes.

Pero no queremos reconocer que nos hemos alejado de Dios –ya no se habla de pecado–, ni tampoco hablar de penitencia y mortificación. ¿Y por qué es esto? No creo que haya una explicación simple, pero el Venerable Arzobispo Fulton Sheen nos da algunas pistas.

En el prefacio de su libro Vida de Cristo, comenta que: «El mundo moderno, que niega la culpa personal y admite sólo crímenes sociales, en donde no tiene cabida el arrepentimiento personal sino sólo reformas públicas, ha divorciado a Cristo de su Cruz», y más adelante «La civilización occidental post Cristiana ha escogido a Cristo sin su Cruz»

En su libro Peace of Soul (Paz del Alma), nos dice que tres falsos temores nos alejan de Dios: (1) queremos ser salvados, pero no de nuestros pecados; (2) queremos ser salvados, pero sin que nos cueste demasiado; (3) queremos ser salvados, pero a nuestra manera, no a la de Dios. Es decir, no queremos el Reino de Dios, sino nuestros propios reinos. Y por eso no le buscamos: quedaría demasiado obvio que nuestros reinecitos, que tanto queremos, no valen nada.

Hemos de volver a Dios, y la única manera es la solución ninivita: penitencia y oración. Y los sacramentos, que los ninivitas no tenían. ¿Cómo podría ser la solución? 

Vemos en el relato del libro de Jonás que el rey es el que hace el anuncio. Necesitamos que un obispo, una conferencia episcopal o el Vaticano tomen las riendas. Que expliquen que los problemas del mundo y de la Iglesia vienen de que todos nos hemos alejado de Dios. Desde el Papa al último bautizado. No hemos rezado lo suficiente, no hemos seguido a Cristo lo suficiente, no hemos sido santos. Y ahora es nuestra responsabilidad salvar a la Iglesia y al mundo volviéndonos a Cristo con lágrimas en los ojos, pidiéndole perdón, con penitencia, con la Eucaristía.

Lo segundo que vemos es que el rey pide un cambio de actitud. Luego no es cuestión de hacer una jornada de penitencia y oración en un día señalado. Eso no es volver a Dios sino simple postureo. Nuestra actitud, nuestra vida, ha de cambiar y para siempre.

Lo tercero es que ese cambio permanente ha de ser de mortificación y penitencia. Nos declaramos culpables de volver la espalda a Dios y le pedimos perdón. La Biblia nos enseña una y otra vez que la mortificación y la penitencia aplacan al Señor. Hemos de vestir de sayal y de ceniza.

Lo cuarto es que hemos de cambiar nuestras vidas y volver a aquello que nos manda el Señor. Todos los mandamientos han de cumplirse. Todos. Tanto los de la Ley de Dios como los de la Santa Madre Iglesia. No es electivo, no es opcional, no es cuestión de mi discernimiento personal. Incumplir cualquiera de los mandamientos es un pecado grave.

Y como es un cambio de actitud, no es algo que se dice una vez y ya está. Así, en una o dos semanas volveremos a las andadas. Es algo que hay que machacar y machacar y machacar. Y eso es quizá lo más difícil de todo, pues es hacer cambiar el discurso dominante, es hablar de pecado, cuando prácticamente nos hemos olvidado que existe. Es fomentar la mortificación, cuando la hemos desterrado. Es arrinconar lo que hemos puesto en un pedestal y volver a sacar lo que hemos escondido en el trastero. Lo más difícil de convertirse es reconocer que somos pecadores, y esta vez no va a ser una excepción. El hijo pródigo no decidió volver hasta que se moría de hambre.

No hay que inventar nada. Por ejemplo: 

  • Podemos volver al muy efectivo ayuno y abstinencia todos los viernes del año. Y ayuno y abstinencia en serio,  sin la trampa de que lo podemos sustituir por algo que nos guste más. Así, semanalmente metemos en nuestras pieles el tema penitencial y de petición de perdón. 
  • Podemos volver a tener misiones, que eran actos que duraban entre un día y una semana, en el que un sacerdote invitado predicaba sermones de conversión.
  • Podemos tener exposición del Santísimo semanal en todas las parroquias. Gracias a Dios, esto ya se hace en muchas.
  • Podemos fomentar la penitencia, no como algo que se hace de forma extraordinaria por cuaresma y adviento, sino como algo continuo –mensual como mínimo–  con un examen de nuestra vida, reconociendo nuestras faltas y volviendo a  Dios. 

No basta que esto “se haga”: tenemos la Exposición semanal y si alguien va, pues qué bien, y si no, pues no pasa nada. Se debe fomentar: debe repetirse una y otra vez que es fundamental cambiar nuestras vidas, pedir perdón y hacer penitencia. Si no lo hacemos, nos seguiremos alejando de Dios. Que es nuestra obligación, para la Iglesia y para el mundo, el confesarnos a menudo, el ir a Misa, el estar en gracia de Dios, el mortificarnos. La Iglesia y el mundo dependen de nosotros.

Naturalmente, necesitamos de la gracia de Dios para llevar esto a cabo. Yo creo que necesitamos que Dios nos mande a unos santos muy grandes que nos guíen. 

Necesitamos nuestro Jonás.



viernes, 7 de marzo de 2025

Tener fe no es lo mismo que creer

John Lennox es un profesor de matemáticas de la Universidad de Oxford y apologista cristiano. Una de las cosas en la que incide mucho es que creer no es lo mismo que tener fe. Que la palabra “fe” viene del latín fidere, que significa “confiar”. Argumenta que tener fe no es simplemente creer que Dios existe, o que Jesucristo es Dios, sino que implica que confiamos en Él. Naturalmente, para tener fe hay que creer, pero se puede creer sin tener fe. 

Esta visión de la fe la vemos explicada en dos pasajes evangélicos. Tenemos por un lado el padre del chico endemoniado de Mc 9, 17–27. Les ha llevado su hijo, luego cree, pero después le dice a Jesús «si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos». Es decir, cree que es el Mesías, pero no confía demasiado en que pueda hacer algo. Por suerte, se da cuenta de esta situación y grita «Creo, pero ayuda mi falta de fe». 

El otro extremo lo vemos con el centurión que tiene el criado enfermo (Mt. 8, 5–13). Cuando Cristo le dice que irá a ver al enfermo le dice que no hace falta, que basta que dé la orden y ya está: tiene confianza plena. Y por eso Cristo dice «En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe».

Mucho creemos, pero con una fe débil, pues confiamos poco en Dios. Cosas que he notado en mí mismo:

  • Cuando rezo, no confío en que Dios me esté escuchando. Estoy seguro que mis rezos quedan “registrados” en alguna base de datos celestial y que cuando me muera y vaya al Juicio personal, me podrán decir exactamente cuántos rosarios he rezado y con cuánta devoción. Pero no confío en que Dios o la Virgen estén rezando conmigo en ese momento.
  • Como comenté en una entrada anterior,  tengo ofrecido mis sufrimientos por la conversión de los pecadores, pero cada vez que me llega una enfermedad o tribulación, tengo mis dudas de si me lo envía Dios o si me llega de forma “natural”. Y si me llega de forma natural, ¿cuenta como ofrecimiento? Mi confianza en Dios es muy limitada…
  • Voy semanalmente a la Exposición del Santísimo. Pero mi confianza de que Dios está presente no es muy alta, pues si lo fuera, no me distraería tanto.

 Esto mismo que he notado en mí, lo he notado en otros. Por ejemplo, ves gente “de Iglesia” (no turistas) que entran en los templos como si entraran en una tienda: si están hablando o bromeando con otros, siguen como si tal cosa: no confían en que el templo es la Casa de Dios. Esto lo he visto incluso en catequistas, que entran con los niños sin hacer –ni enseñar a hacer– el más mínimo gesto de reconocimiento de que están entrando en lugar sagrado.

Nuestro problema no es tanto en que no creemos, sino en que no confiamos. El pasado Miércoles de ceniza, como todos los Miércoles de ceniza, los templos estuvieron llenos.  La gente sigue yendo a las procesiones, las romerías y otros actos de piedad popular. Pero los domingos apenas hay nadie en misa. Bautizos, bodas, confirmaciones, incluso funerales, están bajo mínimos. Creemos en Dios, pero no confiamos en su Iglesia, ni en su Doctrina, ni en los sacramentos. 

En la primera lectura de ayer (Jueves después de la Ceniza, Dt. 30, 15–20) Dios decía: 

Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla.  Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo os declaro hoy que moriréis sin remedio;

¿Confiamos en estas palabras?¿Creemos que seguir lo que Dios nos manda nos lleva a la vida, y que no seguirlo nos lleva a la muerte? Mas bien, no. No nos fiamos de lo que nos ha dicho, no nos fiamos de sus mandamientos. Nos fiamos más de nosotros mismos que de Dios, de nuestros deseos que de sus mandamientos. Nos fiamos más del Mundo que de Él. Y así nos va.

Creemos, Señor, pero auméntanos la fe.


miércoles, 26 de febrero de 2025

Llamando “Padre” a Dios

 Nota: Realmente el término “Padre” no lo aplicamos a Dios sino a sólo a la Primera Persona de la Santísima Trinidad.  Pero si uso “Primera Persona de la Santísima Trinidad” 30 o 40 veces a lo largo de esta entrada, se volverá ilegible. Por lo tanto usaré el término “Dios” para ganar mucho en legibilidad aunque pierda un poco en precisión.

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Desde hace 2000 años llamamos “Padre” a Dios. Pero en las últimas décadas ha habido grupos que le parece que esto es poco igualitario, que es machista, que es denigrar a la mujer y les molesta llamar a Dios “Padre”. Hace años me hablaron de una congregación de monjas que rezaba “Padre y Madre nuestro…”, he oído a sacerdotes decir que llamar a Dios “Padre” es una fase pasada que hay que superar y cosas así. Vamos a reflexionar sobre esto.

Empecemos por hacer notar lo obvio: ninguna palabra ni conjunto de palabras puede describir a Dios: Dios es más que cualquier cosa que podamos pensar o decir. Por lo tanto “Padre” no describe a Dios, ni “Creador”, ni ningún otro término. Pero aunque no lo describen, nos ayudan a entenderlo, a meterlo en nuestra cabeza y nuestro corazón. Y en este sentido algunas palabras son mejores que otras.

Llamamos a Dios “Padre” porque Cristo nos dijo que lo hiciéramos. Y esto debería poner fin a toda discusión: ¡no vamos a enmendarle la plana a Cristo! Pero, no. No es el fin. Por ejemplo, dicen que Cristo usó el término “Padre” porque la sociedad judía era patriarcal y ellos no iban a aceptar y no iban a entender el llamar a Dios “Madre”. O que si Cristo hubiera dado un enfoque femenino a Dios iba a perder seguidores. Cosas así he oído a menudo. Pero estos argumentos no se sostienen.

Cristo se enfrentó al poder: al Sanedrín, a los fariseos, a los escribas. ¿Por qué iba a tener miedo de enfrentarse al patriarcado? Y si el problema es que no lo entienden, se les explica por parábolas o lo que sea. O se deja para más tarde, como con el lavatorio de pies: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde» (Jn. 13, 7). O no se les explica, como en la Transfiguración.

En cuanto a perder seguidores, esto tampoco paró a Jesús. Tras el discurso eucarístico de Jn. 6, 25–59, donde explicaba que había que comer su carne y beber su sangre, la mayor parte de los que lo escuchaban se fueron y se quedó con los Doce y poco más. 

En resumen Jesús decía lo que debía decir y si eso le enfrentaba a poder, no se entendía o le hacía perder discípulos, pues así sea. No puede ser por eso que usara el término “Padre” y diera a Dios un enfoque masculino para adaptarse a la sociedad judía de su tiempo.

Pero además –y es lo que más me enciende– este tipo de argumentos implican que Cristo pensaba como lo haríamos nosotros: como hombres y no como Dios. Como si Cristo estuviera un día “devanándose los sesos” intentando encontrar una manera de explicar a sus discípulos cómo era Dios y de repente vio a un hombre con su hijo, se le encendiera una bombilla y se dijera «¡Padre e hijo! Esa es una buena analogía. Es lo que usaré.» Eso es cómo funciono yo, pero no cómo funciona Dios. 

Dios es omnisciente y omnipotente: antes de que existiera el hombre ya sabía que tendría que explicarle cuál era su esencia y la relación entre las personas de la Santísima Trinidad. Dios no busca a su alrededor a ver qué encuentra: Dios ha creado todo lo que hay a su alrededor. Lo lógico es pensar que si iba a usar algo para explicar cómo es nuestra relación con Dios, creara ese algo. Dios no tuvo que crear dos sexos: pudo ser sólo uno, o tres, o veintisiete. Ni tuvo que crear la familia y la figura del padre: en lso onsectos y peces no existe esta relación, e incluso en los mamíferos no hay familias ni relación padre-hijo. Hay manadas o clanes, y está la relación madre-hijo, pero en vez de padre hay un jefe de manada, o macho-alfa o similar. Dios creó a la familia y creó la relación padre-hijo específicamente para el hombre. 

Y esto nos lleva a la siguiente conclusión: no es que nuestra relación con Dios Padre da la casualidad que se parece a la relación de los hijos con el padre de familia. Es que el padre de familia se creó para que pudiéramos entender mejor nuestra relación con Dios Padre.

Estamos hablando de relaciones, no de esencias. Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Luego la mujer es tan semejante a Dios como el hombre. Y a veces en la Biblia se asemeja nuestra relación con Dios con una relación maternal, por ejemplo Is. 49, 15. Pero nuestra relación con Dios se parece más a la relación entre un padre y un hijo que a la relación entre una madre y un hijo. Y por eso el término que se nos dio para hablar con la Primera Persona de la Santísima Trinidad es “Padre” y no otra cosa. 

Y cuando necesitemos una Madre, ahí está la Virgen María.


miércoles, 19 de febrero de 2025

¿Sacrificio o vanidad?

 Por Reyes mi hijo me regaló el libro Así mueren los santos de Antonio María Sicari. En varios casos, por ejemplo los de los pastorcitos de Fátima Jacinta y Francisco Martos, ofrecieron su sufrimiento y su vida para la salvación de los pecadores. Esta no era una idea nueva para mí, hace tiempo escribí una entrada relacionada con ella, pero la lectura de la vida y muerte de estos santos me volvió a llenar de fervor. Ofrecí a Dios cualquier sufrimiento que me quisiera mandar para la salvación de los pecadores. Sí que mencioné que probablemente no estaba dispuesto a llegar al nivel de estos santos, pero que un sufrimiento “moderado” sí me parecía bien. Esto fue hace dos o tres semanas. Hace unos día me salieron unas ampollas, fui al médico y tengo herpes zóster.

Y empezaron las dudas: ¿era esta una enfermedad que Dios me enviaba por mi ofrecimiento o era un caso “natural” de caer enfermo? Porque si es el primer caso, soy un santo; pero en el segundo segundo caso, mi sufrimiento era inevitable y quizá “no contaba”, sería inútil. En cuanto empezaron las molestias y me dieron el diagnóstico ofrecí mis sufrimientos al Señor, pero con una duda en el fondo de mi cabeza de a ver si estaba haciendo el primo: porque si la enfermedad era natural, no era un sufrimiento que yo había escogido, y por lo tanto eran dolores y molestias que yo tenía que sufrir “sí o sí”, igual que cualquier otro enfermo. Es decir, que no había nada de heroico en mi sufrimiento. Y si es así, pues como que pierde la gracia.

Y vueltas y vueltas y vueltas en mi cabeza. Hasta que ayer me di cuenta de que mis pensamientos eran una  cuestión de vanidad: yo quería ser especial, que Dios me enviara de forma milagrosa una enfermedad. Que cambiara el mundo para complacerme. ¡Ay, la vanidad! Es una tentación constante que padezco.

A veces creo que tengo una visión “burocrática” del cielo: una petición u ofrecimiento no vale si no se hace en tiempo y forma y no es aprobada por el Consejo Celestial en sesión ordinaria. Y claro, a mí no me había llegado una copia sellada de la resolución del Consejo en la cual se me comunicaba la aprobación de mi ofrecimiento.

¿Qué más da si la enfermedad me ha venido por la voluntad activa de Dios o por su voluntad permisiva? Me ha llegado y ya está. Porque nada pasa sin que Dios lo permita: “¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. ” (Mt. 10, 29) Y mi sufrimiento no es que quede registrado en una base de datos celestial para su uso posterior si cabe, sino que Dios mismo lo ve y ve mi ofrecimiento y lo usará para la salvación de los pecadores. 

Mi soberbia me pide que Dios me demuestre que me ha oído y que acepta mi ofrecimiento. Mi fe me dice (o me debería de decir) que me ve, me oye y lo acepta. Claramente necesito menos soberbia y más fe…


martes, 5 de noviembre de 2024

No olvidemos lo sobrenatural: Adán y Eva

 Es doctrina de la Iglesia Católica que Adán y Eva existieron: fueron el primer hombre y la primera mujer. También es doctrina que todos descendemos de ellos y que cometieron el pecado original. Pero esto a muchos les suena a falso. No creen que existiera un primer hombre y una primera mujer, sino que Adán y Eva son unos seres alegóricos, de leyenda, que simplemente representan el inicio de la humanidad y que fueron inventados por el escritor del Génesis para contarnos la creación del hombre y la existencia del pecado de forma poética. Que los ateos tengan esta visión no es de extrañar. Lo preocupante es que muchos cristianos incurren en este error doctrinal, que se llama poligenismo.

Y es cierto que si pensamos en la aparición del hombre como un proceso natural, no existe un primer ser humano. Las especies se van formando de gradualmente, pasito a pasito, a lo largo de decenas de miles de años y no hay un primer individuo de la especie: cada individuo que nace es de la misma especie que sus progenitores. Luego la exigencia doctrinal de la existencia de Adán y Eva como los dos primeros individuos de la especie humana se presenta a veces como un ejemplo en el que la doctrina de la Iglesia contradice a la ciencia.

Y si la única visión del mundo que tienes es lo natural, es difícil superar esta contradicción. Pero si crees en Dios y en lo sobrenatural, no debiera haber problema alguno.  El que  muchos cristianos incurran en el error del poligenismo proviene de no entender qué es el hombre. Porque lo que diferencia a un hombre de cualquier otra criatura no son sus genes. Lo que diferencia la hombre de cualquier otra criatura es que posee alma. La diferencia no es natural, sino sobrenatural.

Y así desaparece cualquier contradicción. Evidentemente, no sé cómo apareció Adán, pero voy a dar un posible mecanismo que es correcto tanto biológica como teológicamente.

Digamos que había una especie de homínidos, que vivía en África y que contaba con unos cuantos miles de individuos. Dios convirtió uno de estos homínidos en hombre insuflándole un alma Este fue Adán. Genéticamente era como sus padres y hermanos. Pero sobrenaturalmente, no. Al tener alma también disponía de las potencias del alma: inteligencia, memoria y voluntad. El resto de la especie sólo tenía instinto y obedecía a su instinto. Adán, no. Adán era diferente. Adán era capaz de razonar. Adán era libre. Y se sintió sólo. Entonces Dios insufló alma a una hembra homínida y se convirtió en Eva, la primera mujer.

Adán y Eva, gracias a poseer almas,  no sólo tenían inteligencia, memoria y voluntad, sino también un conocimiento de Dios. Desgraciadamente decidieron usar su voluntad para desobedecer a Dios y cometieron el pecado original. Nótese que si Adán y Eva no existieron, sino que son sólo seres alegóricos, el pecado original no pudo suceder, y eso implica que el pecado es algo consustancial al hombre, es algo que Dios introdujo en nosotros. Y eso contradice la esencia de Dios.

Adán y Eva eran biológicamente indistinguibles del resto de los homínidos: eran de la misma especie. Pero eran esencialmente diferente de ellos: eran humanos porque tenían alma. 

Pero si Adán y Eva eran biológicamente sólo dos homínidos entre miles, ¿cómo es que son los padres de toda la especie humana? Tampoco es difícil de explicar. Empecemos por un caso muy simple.

Supongamos que no había miles de homínidos sino solo dos parejas: Adán y Eva, que eran humanos y Yago y Zoe que no lo eran. Les llamaremos la Generación 0. Adán y Eva tuvieron descendencia, como también la tuvieron Yago y Zoe. Esta es la Generación 1. La mitad de esta generación, los descendientes de Adán y Eva, también tenían alma y eran humanos, mientras que los de Yago y Zoe no tenían alma y eran homínidos. Pero eran todos de la misma especie biológica. Ahora digamos que en esta generación nunca se emparejaron hijos de los mismo padres. Por lo tanto los hijos de Adán y Eva se emparejaron con los hijos de Yago y Zoe. Sus descendientes forman la Generación 2. Y toda esta generación son descendientes de Adán y Eva y por lo tanto son todos humanos.

Si en vez de dos parejas son unas cuantas miles de parejas, se puede demostrar que pasará lo mismo, sólo que tardarán más generaciones. No muchas más, quizá una docena o dos. Además, como los humanos tienen claras ventajas evolutivas sobre los homínidos, la teoría de la evolución nos asegura que los homínidos acabarán por desaparecer.

Este no es el único mecanismo posible. Se me ocurren algunos y estoy seguro que hay muchos otros que ni siquiera se me pueden ocurrir. Pero eso no es lo importante. Lo importante es tener claro que la diferencia entre los hombres y cualquier otro ser vivo no es natural sino sobrenatural; no es por la existencia de unos genes, sino por la existencia del alma.

El alma es lo que hace que seamos seres humanos. Y el alma sólo la da Dios. Si vivimos eso, hemos avanzado mucho en el camino del cristianismo.


domingo, 22 de septiembre de 2024

Gracia de Dios

 Hace más de 30 años vi un episodio de Los Simpson del que recuerdo bien poco excepto una subtrama, que me quedó muy grabada. Por algún motivo (creo que una huelga) dejó de haber programación infantil en la TV. No habiendo televisión, los niños salieron a la calle y se pusieron a jugar. Y se lo pasaron muy bien: corrían, jugaban, reforzaban amistades, crecían en cuerpo y alma. Habían encontrado la felicidad. Pero entonces se acabó la huelga, volvió la programación infantil y los niños volvieron a sentarse y tumbarse en el sofá absorbiendo la nada que les venía de la pantalla, solos, con risas superficiales, abobados. El mensaje me quedó muy claro y se me quedó grabado para siempre: entre algo que es bueno para ti y algo cómodo, eliges lo cómodo. No es una cuestión de ignorancia: sabes que es bueno para ti. Tampoco es una cuestión de sufrimiento: lo disfrutas. Es igual: la comodidad gana.

Eso es algo que a todos nos pasa: comemos lo que sabemos que no nos conviene, pero que nos gusta; no salimos a pasear, aunque el día sea precioso; nos aburrimos delante de la televisión, pero no cogemos un libro que nos haría pasar un mejor rato y nos haría pensar. La comodidad gana.

Y esto es algo que he vivido también en mi vida como profesor: un buen sistema pedagógico debe cerrar las puertas a las salidas cómodas pero que llevan al fracaso y forzar al alumno a estudiar y trabajar. Hay estudios que lo muestran: si damos a los alumnos una salida cómoda, aunque sepan que es un camino que casi siempre acaba en el suspenso, demasiados alumnos lo cogerán.

Con nuestras almas pasa lo mismo: los santos, y Jesús mismo, nos advierten que el camino a la perdición es ancho y cómodo, mientras que el camino a la salvación pasa por la Cruz. Dada la naturaleza humana, no me sorprende que caigamos tan a menudo, que las tentaciones nos venzan tantas veces: la carne es débil.

Lo que me sorprende es otra cosa: que no vayamos todos bajando a tumba abierta por la autopista al infierno. Porque, a diferencia de lo que indicaba de los sistemas pedagógicos, nada ni nadie nos impide coger el camino a la perdición; nada ni nadie nos fuerza a abrazarnos a nuestra cruz de cada día. Si yo hubiera dado mis clases con el sistema pedagógico que Jesús nos ha dejado, mi porcentaje de aprobados sería muy cercana al 0.

Mirándome a mí: con lo mucho que me tiran mis concupiscencias, con lo comodón que soy, con los mensajes demoníacos con que me bombardea el mundo (¿os habéis fijado en los anuncios últimamente?), con lo fácil que es no pisar una iglesia ni hablar con un cura, ¿cómo es que sigo diariamente esforzándome por subir por el camino estrecho, pedregoso y empinado que lleva al cielo?

Sólo se me ocurre una respuesta: es por la gracia de Dios.

No hay una explicación natural. Sólo puede ser un motivo sobrenatural. Y ahora entiendo mejor la primera pregunta y respuesta del Catecismo que aprendí de niño: “¿Eres cristiano? Soy cristiano por la gracia de Dios”. No soy cristiano porque por mis padres o por la sociedad o por la catequesis o por nada de eso: soy cristiano por la gracia de Dios. Sólo la gracia de Dios me da la fuerza que necesito para ser cristiano.

A poco que miremos alrededor la pregunta que se nos ocurre es “¿Y todos estos no recibieron la gracia de Dios?” Sí, recibieron la gracia de Dios, pero no la aceptaron o no la pusieron a trabajar. Esto lo he leído de muchos santos: las gracias que recibimos de Dios hay que agradecerlas y ponerlas a trabajar. Y después pedir más y recibiremos más.

Es lo que se nos explica en la parábola de los talentos (Mt 25, 14-30; Lc 19, 12-27): recibes tus talentos, mucho o pocos, y si los pones a trabajar, se multiplican: el que tiene 5 talentos, acaba con 10; el que tiene 2, acaba con 4.  En cambio, si los escondes, los pierdes: “Quitadle su talento y dádselo al que tiene 10”. Y lo bueno es que es una inversión segura: un talento negociado, siempre crece.

A veces nos pensamos que Dios se oculta y nos gustaría que estuviera más presente.  Pero la verdad es que lo tenemos a nuestro lado en todo momento. Sin su ayuda constante nos sería imposible avanzar hacia el Reino. Su gracia está siempre a nuestra disposición, pero la hemos de desear, la hemos de aceptar y la debemos trabajar. Sólo así nos ayudará en nuestra salvación.


viernes, 30 de agosto de 2024

Expresiones que detesto: “Ser amigo de Jesús”

 En Primeras Comuniones, misas de niños, e incluso en confirmaciones he oído demasiado a menudo al sacerdote preguntar a los niños si quieren ser “amigos de Jesús”. La respuesta que me sale del alma cuando lo oigo es “No. Quiero ser su discípulo”. Le he cogido manía a lo de “ser amigo de Jesús”.

No es que sea malo querer ser amigo de Jesús. Sta. Teresa exhortaba a sus monjas a ser buenas amigas de Jesús y lamentaba que el buen Jesús tuviera tan pocos amigos. El problema que veo –y el motivo por el que no me gusta la expresión– es cómo se usa; cómo, en el fondo, aleja a los niños de Jesús. En particular, veo tres peligros.

  • Discípulos primero, amigos después. En el relato de la Última Cena del Evangelio según S. Juan, Jesús les dice a los apóstoles “Ya no os llamo siervos, […] a vosotros os llamo amigos”. Ser amigo de Jesús no es el primer paso, es el último. Primero hay que ser discípulo, hacer la voluntad de Dios. Y para saber lo que Dios quiere de nosotros, hay que saberse la Doctrina. No basta decir que hay que “ser bueno”, hay que saber qué significa eso. Ese es el camino para llegar a ser amigos de Jesús. Pero si miras los libros de catequesis de niños, de doctrina hay bien poco. Este es el primer peligro: si uno quiere llegar a amigo de Jesús sin pasar primero por ser discípulo suyo, acabará no siendo ni una cosa, ni otra.
  • Todo empieza en Cristo. Un segundo peligro es que se pone el énfasis en el fiel y no en Cristo. Ya escribí cómo esto se ve muy bien comparando los recordatorios actuales de Primeras Comuniones con los de hace años. Y no sólo es con los niños. Hace unos meses fui al bautizo, primera comunión y confirmación de una joven. Al final de la misa salieron algunos amigos de la joven que estaban muy contentos porque la joven “había decidido ser amiga de Jesús”. Tal y como lo contaban, de ella había partido la amistad. Ella era la protagonista. No es así: todo parte de Cristo. Dios te da la gracia del Bautismo, que tú puedes aceptar. Cristo te ofrece su amistad, que tú puedes aceptar. Y cualquier amistad que tú le des, procede que Él, y tú sólo la retornas. Nada sale de nosotros. Incluso todo el bien que hacemos no es nuestro, sino es gracia que Dios te da, que podemos aceptar o no. Nosotros somos siervos inútiles. Esta idea de que las cosas salen de nosotros roza la herejía del pelagianismo. Esta forma en la que se usa la amistad con Jesús, como si fuera una iniciativa nuestra, es dañina.
  • Amistad divina, no humana. El tercer peligro que veo es que usamos un concepto humano de amistad: Cristo deja de ser nuestro Maestro y se convierte en sólo nuestro colegui. Un amigo no te acusa, no te dice cosas feas, se convierte en cómplice de tus travesuras, tapa tus maldades. Esa no es la amistad de Cristo. Esto lo detalla Ulrich Lehner en su libro, Dios no mola. Pensemos que Cristo era amigo de los fariseos cuando les llamaba sepulcros blanqueados. Y esto se traslada a la vida adulta. Hace algún tiempo yo abría mi parroquia por las mañanas. Un día vino una mujer, de las de misa habitual. Vino en bicicleta. Dejó la bicicleta en el templo y se fue. No es que viniera a rezar y no quiso dejar la bicicleta en la calle, sino que usó la Casa de Dios como aparcamiento. Retiré la bicicleta a un cuartito, pues me dolía verla allí aparcada. Cuando volvió a recuperarla, se la di y aproveché para afearle su conducta. Me respondió que ella se llevaba muy bien con Jesús y que Él la dejaba hacer esas cosas. Vamos, que para ella la amistad con Jesús era una patente de corso que le permitía no ser respetuosa con la iglesia y posiblemente saltarse las normas que le viniera en gana. Esta es una idea de amistad que nos aleja de Jesús. Si queremos ser amigos de Él, no hacemos lo que a nosotros queremos. Jesús mismo lo dice: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”. 
Es una gran cosa ser amigo de Jesús. Pero ha de ser una amistad que empiece en Él, en sus mandamientos, en su voluntad, en la obediencia. Una “amistad” que parte de nosotros, que nos hace importantes, que nos hace cómplices y no discípulos, que nos permite saltarnos sus mandamientos, nos aleja de Él. Y mucho me temo que cuando se les dice a los niños y jóvenes que han de ser amigos de Jesús, piensan más en esto segundo que en lo primero.